sábado, 11 de abril de 2015

Calabria. Mafia del sur

T.O: ANIME NERE
DIR: FRASNCESCO MUNZI.
INT: MARCO LEONARDI, FABRIZIO FERRACANE, PEPPINO MAZZOTTA, GIUSEPPE FUMO
ITALIA, 2014, 103'













 Desde el principio, los personajes y los comportamientos nos resultan familiares. La arrogancia chulesca, las cazadoras de cuero negro, las lanchas rápidas y las berlinas de lujo con cristales oscuros. La manera en que cada situación se convierte en una oportunidad para desplegar bravuconadas al bode de la violencia,  en que la ostentación lujosa se convierte en señal identificativa de un poder no oficial. Todo eso ya lo hemos visto antes, muchas veces, pero en esta ocasión Francesco Munzi nos ofrece un punto de vista más distante, reposado y detallista. Ésta es una visión antropológica sobre la mafia, más atenta a la observación de las conductas y a la exploración de las circunstancias sociales que a las convenciones del género criminal, aún sin desdeñarlas.

    Tres hermanos: Rocco, Giuliano y Luigi. Luciano (Fabrizio Ferracane) vive en Calabria, en el pueblo de sus ancestros, dedicado a las labores agrícolas. No quiere saber nada del negocio familiar, pero es consciente de que en el lugar en el que vive algo así no es una opción muy realista. Por ello, su casa es un edificio a medio construir rodeado completamente de cámaras de video. Rocco y Luigi viven en Milán. Luigi (Marco Leonardi), musculado y bronceado, se dedica a los aspectos más expeditivos del negocio. Rocco (Peppino Mazzotta), delgado, atildado y con unas gafas que le dan un aspecto vagamente intelectual, es el cerebro del clan. Leo (Giuseppe Fumo), el hijo adolescente de Luciano, desprecia la vida rural de su padre y siente más afinidad por su hermano Luigi. Eso le llevará a tratar de demostrar su capacidad para la arrogancia violenta de una manera que, inevitablemente, desencadenará un enfrentamiento con la otra familia local. 


    
Estamos en el territorio de la 'Ndrangheta, la muy endogámica organización calabresa que se ha venido convirtiendo silenciosamente en la organización criminal más peligrosa de Italia. Munzi se atrevió a rodar en Áfrico, un pequeño pueblo donde no es demasiado recomendable acercarse con una cámara. (El director necesitó la ayuda del autor de la novela que adapta, Gioacchino Criaco, para poder adentrarse con seguridad en la zona). Áfrico, situado en las colinas del Aspromonte, está formada por viejas ruinas medievales y por edificios de ladrillo sin terminar, y es un lugar dónde los jóvenes pastorean las cabras o empuñan subfusiles. Munzi adopta un par de recursos del repertorio de Francesco Rosi (Salvatore Giuliano, de 1960, sigue siendo el patrón oro en cuanto a estudios antropológicos sobre la Mafia) y completa el reparto con lugareños, que aportan su dosis de autenticidad a la fisonomía y las maneras de los personajes. 



    La trama avanza a través de la tradicional sucesión de pactos y traiciones, violencia y represalias, pero el director se toma el tiempo y la distancia necesarios para aportar cierto contexto a cada escena, de manera que el espectador pueda hacerse una idea de las implicaciones sociales a través de pequeños detalles. Munzi explora la manera en que la organización mafiosa se ha convertido en una estructura que sustituye al estado en regiones en las que “Garibaldi no tuvo demasiado éxito”, como señala uno de los personajes. La policía tiene una presencia testimonial, dedicándose a recoger los cadáveres y a efectuar los registros con la actitud de quien cumple una formalidad. De esta manera, Calabria. Mafia del sur enmarca el drama criminal dentro de la vieja crisis entre el norte y el sur de Italia.

    Como película puramente criminal, Calabria. Mafia del sur se defiende perfectamente. La tensión hierve a fuego lento hasta que se libera en estallidos de violencia seca de un poderoso impacto dramático. Los protagonistas son veteranos del cine y la televisión que crean personajes cercanos al estereotipo, en parte porque su código de conducta está regulado de manera estereotipada por la estructura social de la que forman parte. El argumento no sorprenderá a nadie que haya visto una película antes, pero el guión aporta una narración compacta que, al igual que la realización concisa y eficaz de Munzi, se toma pocas molestias para llegar cuanto antes a donde quiere llegar. En resumen, la película de Munzi aporta una visión a las estructuras criminales del sur de Italia en la que la estructura y la dramaturgia del género criminal no impide detenerse en el entorno social en el que se mueven los personajes.


lunes, 6 de abril de 2015

Citizenfour


DIR: LAURA POITRAS
DOCUMENTAL. INTERVIENEN: EDWARD SNOWDEN, GLENN GREENWALD
EEUU, 2014, 110'

En enero de 2013, la directora Laura Poitras recibió un mensaje de e-mail encriptado enviado por alguien que se hacía llamar Citizenfour. Se identificaba como una persona que trabajaba para la Agencia Nacional de Seguridad de los Estadios Unidos (NSA) y afirmaba tener amplias pruebas del funcionamiento y el alcance de los programas de espionaje masivo que el gobierno de Estados Unidos estaba llevando a cabo contra su propia población, en secreto y sin control judicial. Esta persona afirmó haber contactado con Poitras por dos motivos. Por un lado,  la directora se  encontraba trabajando sobre de la vigilancia a través de internet, por ejemplo con el cortometraje El Programa, realizado para el New York Times. El Programa es un perfil de William Binney, matemático y analista de la NSA que denunció las intenciones de esta agencia de llevar a cabo interceptaciones masivas de datos y de comunicaciones tras el 11 de septiembre. La otra razón era que la misma Poitras se encontraba en una lista de vigilancia y había sido retenida decenas de veces en las aduanas, hasta el punto de que se vio obligada a abandonar Estados Unidos para residir en Berlín.

    ¿Por qué una directora de documentales nominada al Oscar recibe la más alta “calificación de amenaza” por parte del departamento de seguridad nacional y se ve obligada por ello a dejar de residir en su país, una moderna democracia occidental ? Ni siquiera ella misma conoce  las causas exactas. Poitras, nacida en Boston en 1964 dentro de una familia de clase alta, se dio a conocer con el documental My Country My Country, por el que recibió una nominación a los premios de la Academia en 2007. En esta película, retrata el Irak ocupado por las tropas estadounidenses a través del doctor Dr. Riyadh al-Adhadh, un candidato político suní que se presentaba a las elecciones en 2005 y que no ocultaba su rechazo por la presencia norteamericana. Es un retrato matizado y ambiguo acerca de la vida diaria de los iraquíes que se beneficia del grado de cercanía que consiguió la directora, gracias a su decisión de abandonar la zona segura de Bagdad y arriesgarse a convivir durante ocho meses con la población. Su siguiente trabajo, The Oath, de 2010, es aún más asombroso.

    Poitras decidió abordar la situación del penal de Guantánamo a través del caso de Salim Ahmed Hamdan, un chofer de Al Qaeda que había sido detenido en Afganistan por las tropas norteamericanas bajo la acusación acusado de ser un “combatiente enemigo”. En el proceso, se encontró con el verdadero protagonista de la película, Abu Jandal, que había sido guardaespaldas de Bin Laden en la etapa anterior a los ataques del once de septiembre y que por entonces subsistía como taxista en Yemen. Jandal mantiene una actitud ambigua acerca del terrorismo y de la yihad. Ha afrontado un programa de rehabilitación para yihadistas, pero disfruta  fanfarroneando ante los jóvenes acerca de su cercanía con el líder de Al-Qaueda, y asegura compartir algunos de los objetivos de esa organización. Resulta una presencia incómoda, que tiene una gran facilidad para la mentira y la manipulación, pero que  resulta innegablemente carismático y está dotado de un personal sentido del humor. Jandal formó parte del círculo más cercano de Bin Laden, y el hecho de que esté en libertad es un misterio que la película irá desvelando poco a poco. Su retrato es una de las raras ocasiones que el cine se ha acercado a ese desconocido contemporáneo que es el islamista radical, una figura que casi siempre aparece desprovista de matices, reducida a su condición de amenaza. The Oath es uno de los documentales esenciales de este inicio de siglo, lo que significa que se trata de una cinta especialmente incómoda.

The Program, el cortometraje de Laura Poitras que animó a Edward Snowden a ponerse en contacto con ella.

Cuando recibió el e-mail firmado por Citizenfour, Poitras estaba comenzando una nueva película con la que pretendía terminar una trilogía informal acerca de la situación de Estados Unidos tras el once de septiembre. En este caso, pretendía centrarse en internet, y estaba llevando a cabo entrevistas a personas como el anteriormente mencionado William Binney o los responsables de Wikileaks Julian Assange y Jacob Applebaum. Poitras tenía la idea de que esta película trataría el tema de una manera más abstracta y menos centrada en un personaje o una línea narrativa. Pretendía hacer una “película del zeitgeist”. Sin embargo, como había ocurrido con sus anteriores trabajos, la película cambió radicalmente durante su propio proceso de creación. Y como también le había ocurrido con anterioridad, dejó de ser la exploración de un tema general y abstracto (la situación de Irak bajo la ocupación, o la de los prisioneros de Guantánamo) para convertirse en el retrato de una persona, en este caso del informático de la NSA Edward Snowden.

    Poitras viajó hasta Hong Kong para conocer a su remitente junto al periodista Glenn Greenwald. La primera impresión que les produjo Snowden tras su encuentro en el pasillo del hotel Mira fue desconcertante. “Snowden tenía veintinueve años, pero parecía al menos unos años menor, vestido con una camiseta blanca con algunas letras gastadas, jeans y gafas chic-nerd. Tenía un débil perilla pero parecía como si  se afeitase desde hacía poco tiempo. Tenia un aspecto pulcro y su postura era de una firmeza militar, pero era bastante pálido y delgado, y –como todos nosotros en ese momento- parecía algo cauto y reservado. Parecía un informático de veintipocos años que trabajase en el laboratorio tecnológico de una universidad.” Así  describió ese momento el propio Greenwald en su libro Snowden: sin un lugar dónde escondersePoitras y Greenwald tuvieron que superar cierta desconfianza acerca del aspecto y la juventud del informante. “Ver que la fuente de la asombrosa cantidad de material de la NSA era un hombre tan joven fue una de las experiencias más asombrosas que he tenido nunca.” según Greenwald. Acompañaron a Snowden a su habitación del hotel, y en cuanto cerraron la puerta tras de sí, Poitras comenzó a grabar. Entonces no podía saberlo, pero lo que iba a ocurrir en aquellas cuatro paredes se iba a convertir en la parte central de su nueva película. 


Edward Snowden conversa con Glenn Greenwald
Las revelaciones que agitaron los medios durante el verano de 2013 son ahora noticias viejas. Hemos descubierto que los gobiernos, en colaboración con las más importantes empresas tecnológicas, se dedican a interceptar de manera sistemática y masiva las comunicaciones de sus ciudadanos, y ese conocimiento se ha diluido con la aceptación con la que recibimos los cambios tecnológicos, que habitualmente se presentan como algo absolutamente inevitable, como si vinieran escritos en el libro del destino. ¿Por qué no iban hacer los gobiernos algo así, si tuvieran la tecnología y los medios para llevarlo a cabo? Citizenfour no aporta ninguna nueva revelación, en cambio Poitras, que se ha tomado su tiempo para editarla en su estudio de Berlín, se centra en la estancia de Snowden en Hong-Kong y en el proceso por el que dejó de ser un consultor tecnológico de vacaciones y se convirtió en el fugitivo más famoso del mundo. En cierto modo, la película parece ser el making of del cortometraje de 12 minutos con el que Laura Poitras presentó a Snowden al mundo, y que fue publicado por The Guardian el 9 de junio de 2013, convirtiéndolo inmediatamente en una celebridad mundial. El largometraje tiene la rara cualidad de convertirnos en testigos, de manera directa, de un momento decisivo. De esa manera, la tensión dramática se hace palpable en cada una de sus imágenes a pesar de que a estas alturas sabemos perfectamente cómo se han desarrollado los hechos. Pero ahora que conocemos los hechos, la cuestión que trata de responder la película debe ser la misma que se haría la directora cuando cerró la puerta de la habitación tras de sí. ¿Quién es Edward Snowden y por qué ha tomado la decisión de abandonar de es amanera todos los vínculos con su antigua vida?

    Snowden afirma que no quiere convertirse en el centro de atención en esta historia. Cree que la cultura actual presta demasiada atención a las personalidades, algo que podría distraer de las enormes repercusiones de la información en sí. Pero Citizenfour gira alrededor de su presencia, y en estas imágenes Snowden aparece ante nosotros de una manera semejante a la de un héroe mítico, alguien que  pretende revelarse ante nosotros únicamente a través de sus acciones (En su libro, Glenn Greenwald cuenta que una de las lecturas formativas de Snowden es El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell). Hay una calmada determinación en sus gestos y en el tono de sus voz, que corresponden a una persona que ha meditado largamente sobre el alcance de sus acciones. Su historia es la de un adolescente que alcanzó la madurez al mismo tiempo que internet se imponía como la nueva forma predominante de comunicación mundial, y que desarrolló una visión utópica acerca de las posibilidades de la red. “Para Snowden, la cualidades únicas de internet eran incomparablemente valiosas, y debían ser preservadas a toda costa. Había usado internet como adolescente para explorar ideas y hablar con gente en lugares lejanos y con orígenes radicalmente diferentes que de otra manera nunca habría conocido. ‘Básicamente, Internet me permitió experimentar la libertad y explorar mi completo potencial como ser humano’ (…) Para muchos chavales, Internet es un medio de encontrarse a si mismos. Es un medio de explorar quienes son y qué quieren ser, pero que solamente funciona si somos capaces de ser privados y anónimos, para cometer errores sin que éstos nos persigan. Me preocupa que la mía haya sido la última generación que haya disfrutado de esa libertad’”.

    Citizenfour dedica gran parte de su metraje a observar a su protagonista enfrentarse a la situación, desde las primeras revelaciones en los medios hasta las consecuencias de su nueva fama. El espectador tiene la sensación constante de que el largometraje se ha montado con material que Poitras no pensaba que iba a ser utilizable en el momento mismo de grabarlo. La cámara tiembla, los desenfoques son constantes, como si la directora no estuviese segura de qué forma va a adoptar la película que está haciendo en ese mismo momento. Todo eso resulta poderosamente dramático, precisamente porque de esa manera a película se constituye ella misma en un ejemplo de lo que denuncia. Una cosa son las siglas y los detalles técnicos de las operaciones y otra es contemplar a dos periodistas y su fuente encerrados durante una semana en una anónima habitación de hotel en Hong-Kong, enfrentados a un enemigo invisible que podría estar escuchando cada palabra que dicen, incluso irrumpir en la habitación en el momento más inesperado. La tensión se libera a través de un humor nervioso, que surge de la percepción del absurdo de la situación. Snowden se cubre con una manta cada vez que teclea una de sus contraseñas. Pierde la paciencia con Greenwald porque éste deja demasiado tiempo una tarjeta sd dentro del portátil o emplea contraseñas fáciles de cuatro caracteres. El inesperado sonido de una alarma antiincendios provoca un momento de desconcierto, aclarado con una llamada a recepción (Se trataba simplemente un test de mantenimiento de la alarma).  Toda esa tensión ha hecho que Citizenfour haya sido comparada las cintas de conspiraciones de los años setenta, como Todos los hombres del presidente o Los tres días del cóndor. 


Snowden reside actualmente en Moscú con su pareja, Lindsay Mills
    Lo que resulta levemente paradójico, porque Poitras quiere crear la película más emocionante que sea posible, siempre y cuando ello no interfiera con la esencia de la realidad que está delante de su cámara. Los espectadores de sus documentales están familiarizados con la aparición de una generosa cantidad de textos en blanco sobre negro que clarifican el contexto, explican el significado de la jerga o las siglas, indican con precisión los momentos y los lugares. Es un recurso que puede resultar farragoso, pero para la directora el contexto y el punto de vista de las imágenes importan tanto como su valor estético o dramático. Su intención es puramente periodística, en el mejor sentido del término. Una y otra vez, se niega tenazmente a redondear su narración con analogías, reconstrucciones, suposiciones o hipótesis más o menos atractivas. Los cabos sueltos, los silencios de las personas o las instituciones, los lugares a los que la cámara no puede llegar y las preguntas que quedan sin responder se hacen presentes de manera inequívoca. Esto hace que sus películas tengan una cualidad fragmentaria e incompleta, que a algunos espectadores les puede resultar frustrante, pero que se corresponde plenamente con las intenciones de la directora: dar una imagen del mundo en la que los misterios y los secretos estén cada uno en el lugar que les corresponde.

    Esta es, por supuesto, una historia inacabada. Glenn Greenwald y Laura Poitras ganaron el premio Pulitzer por sus informaciones, además Poitras recibió el Oscar al mejor documental por Citizenfour. Edward Snowden permanece en su limbo legal de Moscú, atrapado desde que el gobierno de los Estados Unidos le retirara el pasaporte. Ante la opinión pública mundial mantiene un estatus incierto, entre traidor y héroe. Casi dos años después de sus revelaciones, parece que hemos aprendido a convivir con ellas como se convive con lo inevitable. Esas empresas tecnológicas tan sexys que participan plenamente en la vigilancia gubernamental no han perdido ni un ápice de sus prestigio, ni uno solo de sus clientes. Quizá el hecho de que el espionaje tenga un alcance limita la percepción de la injusticia, porque si nos espían a todos es como si no estuvieran espiando a nadie. En todo caso, las actividades de la NSA se han unido al ruido de fondo de nuestra moderna sociedad hiperconectada. Las mismas características que posibilitan el espionaje por parte de los gobiernos y las grandes empresas son las que facilitan la revelación de secretos gubernamentales a una escala sin precedentes, como se ha visto con  el caso de Wikileaks. Los gobiernos se ven obligados a hacer equilibrios con su imagen pública en un momento en que los bajos fondos de la política, la diplomacia y los servicios secretos se acercan cada vez más al dominio público.  Mientras tanto, Snowden, atrapado en Moscú, y Assange, en la embajada de Ecuador en Londres, se mantienen en una tierra de nadie legal y social, como si los gobiernos, la sociedad y las leyes no supieran demasiado bien que hacer con ellos. Como si ellos mismos fueran un remanente analógico en un mundo cada vez más digitalizado.








lunes, 30 de marzo de 2015

Cortometraje: Rat Pack Rat (Todd Rohal, 2014)

Todd Rohal es un cineasta inclasificable. Sus películas se han definido como “comedias negras psicotrónicas”  y solamente sus títulos (The Catechism Cataclysm, The Guatemalan Handshake) dan una idea de lo peculiar de su humor. De cualquier manera, ha conseguido un conjunto de fans modesto pero fiel, superando las pésimas críticas que recibe habitualmente y las reacciones no siempre positivas de gran parte del público.  En 2012, Rohal vivió una experiencia muy desafortunada durante el rodaje de Nature Calls, una comedia comercial protagonizada por el cómico Patton Oswald: “Fue un completo desastre para mi, porque la hice con gente a la que no le gustaban mis ideas, que no confiaba en mi”. Lo que no de extrañar, en el fondo, porque las ideas de Rohal utilizan los aspectos más profanos y ridículos de la existencia para mostrar intentos quizá no demasiado bien encaminados de acceder a lo sublime. De cualquier manera, a comienzos de 2013 Rohal se encontraba en un momento delicado cuando su amigo el actor Eddie Rouse acudió en su ayuda.

    “Eddie Rouse, el actor que sale en el corto, vino y me dijo: ‘Tengo la idea de que podría interpretar a Sammy Davis Jr. ¿Podrías pensar en algo?” Yo le dije: “Bueno, no puedo hacer un biopic, pero déjame ver si puedo escribir algo…” Y comencé a  escribir un largometraje acerca de un imitador de Sammy Davis Jr. que vive en Reno, acerca de lo que significa estar en lo más bajo, cuando no te sale nada bien, pero sigues insistiendo y siguiendo tu camino. Estaba escribiendo eso cuando desarrollé esta escena para él y para Steve Little, que se convirtió en el corto. Me di cuenta de que no podía poner en pie el largometraje pero que podíamos rodar este corto en tres días en Austin. Simplemente quería hacer algo nuevo.”
Rohal recurrió a la plataforma de crowdfunding Kickstarter para financiar el cortometraje, que se presentó en el festival de Sundance de 2014, ganando un premio especial del jurado por su visión única.

    En Rat Pack Rat, Eddie Rouse interpreta a Dennis, un imitador de Sammy Davis jr contratado para animar el cumpleaños de Brandon, un joven enfermo que ha vivido toda su vida encerrado en su habitación y conectado a una extraña máquina. “Hay un tío aquí en Austin llamado Nick Derington que es un ilustrador de comics, y tiene esa increíble habilidad para crear esa clase de atrezzo. Me dibujó una imagen de lo que iba a construir y me dijo que se podía hacer con piezas del Home Depot por unos 150 dólares. Estábamos buscando algo de aspecto victoriano, mezclado con la tecnología setentera de los pulmones de acero y él creó este aparato de color verde vómito. Nuestro mantra para todo el proyecto era ‘manchado de orines’. Todo tenía que parecer como si se hubiera vomitado cien veces encima. Desde el punto de vista del color, creo que lo clavamos con esa máquina.” Los personajes de esta historia son perdedores que reclaman afecto, algo que puede ser tan ridículo como inquietante.( Es necesario advertir que este cortometraje no se ajusta a los criterios habituales de buen gusto. ) El aspecto más triste de la historia es que se convirtió en la última interpretación de Eddie Rouse, que falleció en diciembre de 2014 debido a una enfermedad hepática, después de una carrera de actor de reparto en el cine independiente, pero con apariciones en cintas de Hollywood como American Gagster y Superfumados. Su interpretación en este corto es uno de sus mejores trabajos, una creación cálida y emotiva con un asombroso dominio de registros aparentemente contradictorios.


jueves, 26 de marzo de 2015

Puro vicio

T.O: INHERENT VICE
DIR: PAUL THOMAS ANDERSON
INT: JOAQUIN PHOENIX, JOSH BROLIN, CATHERINE WATERSTON, BENICIO DEL TORO, OWEN WILSON
EEUU, 2014, 146'



El lugar es la baja California, a principios de la década de los setenta. Los asesinatos de la familia Manson ya han ocurrido, y resulta imposible no pensar en ellos cuando uno se cruza con algún hippie desaliñado. El sueño de amor y paz ha tomado un rumbo oscuro, y la atmósfera comienza a estar envuelta por la neblina de paranoia que dominará la década que comienza. Así están las cosas cuando el detective privado Doc Sportello (Joaquin Phoenix) recibe la visita de su ex novia Shasta Fay Hepworth (Katherine Waterstone) en su casa de Gordita Beach. Shasta es una presencia luminosa, la clase de chica en quien los Beach Boys podrían estar pensando cuando cantaban California Girls. El susurro de su voz parece tener poderes calmantes, pero cuando una chica entra por la puerta de un detective privado, ya sabes lo que pasa. Shasta viene con una historia acerca de su amante, el famoso promotor inmobiliario Mickey Wolfman, y del extraño plan de la mujer de éste para internarlo en un psiquiátrico. Inmediatamente queda claro que Doc deberá acercarse a tierra firme, visitar algunos lugares pintorescos, conocer a toda clase de personajes, hacer preguntas, tratar de entender las respuestas, probablemente poniendo nervosa a gente no demasiado recomendable en el proceso.

    Esa es más o menos, la vida del detective privado. Lo que ocurre es que Doc es un ejemplar poco característico de esa profesión. Permanentemente rodeado por una densa nube de humo de marihuana y una espesa capa de vello facial, Doc es un hippie playero que comienza a darse cuenta de que su mundo ha empezado a desvanecerse. Unos años atrás, habitaba una utopía playera repleta de surferos, combos de música surf, misticismo oriental y flores en el pelo, pero ahora el exceso de marihuana comienza a provocarle accesos de paranoia que el mundo real no se molesta en desmentir. Vive en una especie de letargo del que despierta a trompicones, cada vez que un nuevo personaje entra en su vida o se produce una revelación importante. Cuando algún aspecto de la trama presenta ramificaciones siniestras (conspiraciones gubernamentales, extrañas organizaciones secretas que controlan los resortes del poder, esa clase de cosas) reacciona con un inesperado asombro, como si hubiera sospechado que algo así estuviera teniendo lugar, pero se hubiera resistido a creerlo hasta que no le quedase más remedio. Y habrá abundantes momentos para el asombro en su recorrido, pues Doc se cruzará con bandas de moteros nazis, con un saxo tenor supuestamente muerto que ejerce de agente provocador y confidente policial, con un dentista de aspecto estrafalario quizá demasiado aficionado a las drogas recreativas, con militantes del black power que descubren afinidades con la hermandad aria respecto a sus actitudes acerca del gobierno. Todos ellos puede que formen parte, o no, de alguna conspiración, bien como agentes o bien como víctimas, o bien como una combinación confusa de ambas cosas. 

Joaquin Phoenix es el detective privado hippie Larry "Doc" Sportello
Es una película en la que Doc va de un escenario a otro, manteniendo conversaciones en voz baja, apuntando nombres y direcciones, recibiendo advertencias o amenazas más o menos veladas. La trama comienza a volverse cada vez más delirante, el mundo en el que se desarrolla, más amplio e impenetrable. Todo el mundo parece tener extrañas afiliaciones, intenciones secretas y una amplia variedad de apetitos. La sucesión de personajes secundarios es inacabable, cada uno de ellos con su nombre absurdo (Sauncho Smilax, Japonica Fenway, Puck Beaverton, o Rudy Blatnoyd) y con su particular idiosincrasia que comienza con el vestuario y termina con alguna cosmovisión peculiar. Tras toda esa confusión comienza a perfilarse la presencia de una organización ampliamente sospechosa, una organización con un nombre (el Colmillo Dorado) y muchas formas (una goleta de velas rojas, un cártel asiático de la heroína, un refugio fiscal para dentistas…). Poco a poco, Doc comienza a sospechar que el Colmillo Dorado puede estar involucrado de una manera u otra en todo lo que ocurre. Por supuesto, en la desaparición de Mickey Wolfman, pero también en lo que pueda ocurrirle a su antigua chica, algo que toca a Doc más directamente. Pero su realidad se mantiene siempre imprecisa, como la de un barco que se aleja tras la niebla o como la historia de alguna siniestra conspiración oída a medias en algún garito oscuro de labios de alguien alterado por demasiados estimulantes.

    Es, inequívocamente, el mundo de Thomas Pynchon, el legendario escritor norteamericano en cuya novela Vicio propio, de 2009, está basada esta película. La leyenda de Pynchon es tan poderosa que incluso alguien con el prestigio de Paul Thomas Anderson se ha sentido obligado a rendirle homenaje adaptando su libro de la manera más fiel posible. ¿Qué tienen de especial los libros de Pynchon? El propio autor advertía, en la presentación de una de sus novelas,  que “hay personajes que dejan lo que están haciendo para ponerse a cantar canciones por lo general estúpidas. Tienen lugar extrañas prácticas sexuales. Se hablan oscuros lenguajes, no siempre de manera idiomática. Ocurren sucesos contrarios-a-lo-conocido. Si no es el mundo, es lo que el mundos sería con un ajuste menor o dos. De acuerdo con algunos, ese es uno de los principales propósitos de la ficción.” Todo eso es cierto, y además se conjuga en unas tramas generalmente impenetrables, en las que cada vez que aparece alguna resonancia histórica o cultural pronto se verá ahogada por algún chiste tonto o alguna oscura referencia a la cultura popular, y en las que la estructura general, habitualmente laberíntica,  aparece enterrada por una sucesión de personajes y acontecimientos improbables, de manera que cualquier significación se vuelve elusiva. Pynchon combina la densidad y la exigencia intelectual de la literatura modernista de principios del siglo veinte con el humor absurdo de alguna troupe cómica particularmente desenfrenada, como si fuera una adaptación de James Joyce elaborada a la manera de cartoon de la Warner.

Josh Brolin es el teniente detective Christian "Bigfoot" Bjornsen, la némesis de Doc

    Este es el mundo de Thomas Pynchon, pero quien nos guía por él es Paul Thomas Anderson. Su adaptación es sin duda una lectura personal de la novela, caracterizada por la atmosfera teñida de melancolía que dota de gravedad y romanticismo al mundo que habitan estas criaturas tan estrafalarias, algo que se percibe desde la extraordinaria primera secuencia y que se apoya en la banda sonora de melodrama noir compuesta por Jonny Greenwood. La película está fotografiada por Robert Elswitt en unos vivos e intensos 35 milímetros “como si el botón de contraste de la Creación hubiera sido tocado apenas lo suficiente para darle a todo un leve resplandor, un filo luminoso”; el recorrido por el Los Angeles de 1970 es detallado y colorido, una recreación en la que Anderson vuelca su propia nostalgia de un mundo que creía estar al filo mismo del futuro al mismo tiempo que se revelaba como una aparición efímera. El director lima la ingobernable trama de la novela para señalar algunas posibles salidas al laberinto (aún así, la narración es decididamente confusa) y podemos escuchar la característica cadencia sonora de la prosa de Pynchon gracias a la presencia de una narradora interpretada por la arpista indie Joanna Newsom, que básicamente se dedica a recitar fragmentos del libro. Anderson distribuye en cada escena una generosa cantidad de gags visuales con el fin de mantener un tono suficientemente absurdo: el encuadre se convierte en un tapiz lleno de detalles que reclaman nuestra atención, desde la detallada ambientación hasta los más absurdos elementos de caracterización.
Katherine Waterston, como Shasta, es la revelación de la película.
    Si, pero ¿Qué es en realidad lo que está pasando en todo este frenesí vagamente psicodélico? ¿Quién es el responsable de todas estas desapariciones y apariciones? ¿Qué es exactamente el Colmillo Dorado y dónde se le puede encontrar? Todo lector de Pynchon Pestá familiarizado con ese momento en el que la narración comienza a parecerse a una filigrana elaborada con cabos sueltos, y que la elaborada prosa se convierte en una espesa capa de niebla que solo deja entrever las formas del mundo real. Hay una bifurcación en el centro de cada una de las novelas del autor: uno de los caminos lleva a tratar de descifrar todos los acontecimientos, desenmarañando las esquivas relaciones de causa y efecto que esconden los acontecimientos absurdos. Ese empeño ha dado lugar a verdaderas enciclopedias. El otro camino consiste en aceptar el absurdo de la sucesión de acontecimientos, y relajarse tratando de disfrutar de los placeres que nos ofrece, entre ellos el descubrimiento de nuevas posibilidades en el uso del lenguaje. En el caso de la película de Anderson, hay suficientes estímulos visuales y sonoros como para concentrarse únicamente en su contemplación: las flautas románticas y lánguidas de la banda sonora, los ocasos arenosos frente a la costa del Pacífico, el erotismo de un desplegable de Playboy de hace cuatro décadas, o los interiores decorados con maderas nobles y alfombras oscuras que alojan algún extraño centro de poder. Sin olvidarnos del propio sonido de los diálogos, que se retuercen elegantemente como si los personajes hubieran aprendido a hablar viendo reposiciones de viejas películas en las que George Sanders interpreta a algún comandante.

    Las novelas de Pynchon ponen al espectador frente a un dilema existencial entre la posibilidad de un mundo de estímulos fugaces e inconsecuentes y la persistente sospecha de una trama que engloba toda la historia. Durante cientos de páginas, el autor extiende la narración resistiéndose a resolver el dilema, lo que le ha granjeado cierta fama de autor incomprensible. Anderson respeta esa filosofía, que sin duda desconcertará a parte de la audiencia. Pero el tema que se impone en la adaptación es la añoranza melancólica del pasado, una nostalgia que se apodera de cada una de las imágenes. El anhelo por recuperar un antiguo amor de playa es un reflejo emocional del anhelo por recuperar el tiempo pasado, la ciudad que se desvanece para siempre entre desagradables maniobras inmobiliarias y oscuros movimientos del poder. Ambos anhelos son románticos pero se revelarán como inútiles y quizá peligrosos, puesto que se corre el riesgo de dejarse llevar por la fantasía y no divisar la realidad más que a través de una neblina de ensoñación. Aunque quizá Anderson quiere sugerir que esa fantasía nostálgica es el único refugio que les queda a quienes se encuentran repentinamente fuera de lugar tras algún extraño movimiento de cintura de la Historia.

lunes, 16 de marzo de 2015

Maps to the Stars

DIR: DAVID CRONEMBERG
INT: JULIANNE MOORE, MIA WASIKOWSKA, JOHN CUSACK, ROBERT PATTINSON
CANADA, 2014, 111'





Existe todo un subgénero literario conocido como “la novela de Hollywood”, que se dedica a explorar las tragedias y farsas que ocurren en esa colina de Los Ángeles que hace más o menos un siglo se convirtió en el epicentro del mundo del espectáculo. Sin embargo, Bruce Wagner es el único escritor que ha dedicado la mayor parte de su obra a explorar ese peculiar subgénero. Wagner, cuya única novela traducida al castellano es El palacio del crisantemo, se caracteriza por investigar las vanidades de la industria de los sueños a través de un estilo que oscila entre el costumbrismo y la sátira, además de una prosa caracterizada por afilados diálogos llenos de jerga del showbiz. Sus personajes no son tanto las grandes estrellas sino los satélites que se mueven a su alrededor. Son los hijos sin talento de las estrellas, los terapeutas, abogados, aspirantes a actores que trabajan como camareros o conductores de limusinas, gurús de autoayuda, agentes, asistentes, en general los cuerpos menores de la constelación cinematográfica. Las novelas de Wagner pretenden ofrecer el punto de vista de un insider, y están llenas de referencias a figuras reales, de manera que una reseña reciente se atreve a aventurar que “ser mencionado en una novela de Bruce Wagner se convertirá en un símbolo de estatus en Hollywood”

Mia Wasikowska
    El guión de Maps to the Stars, puro Bruce Wagner, fue escrito veinte años atrás; el director David Cronenberg se ha pasado buena parte de la última década tratando de poner en pie el proyecto. Cronemberg, a diferencia del escritor,  no es alguien que forme parte del mundo de Hollywood: más de una vez se ha enorgullecido de rodar la mayor parte de su filmografía a una media hora de distancia de su casa en Toronto. De hecho, esta película supone la primera vez que el director canadiense rueda en los Estados Unidos, un total de cinco días de grabación destinados a registrar las localizaciones más reconocibles, como el paseo de las estrellas de Hollywood Boulevard y el famoso letrero. El Hollywood de Cronemberg es más bien un lugar mental, en el que, como en Belle de jour, los sueños, las ficciones y la vida real se suceden sin solución de continuidad, confundiéndose entre ellos de manera cotidiana. De esta manera, uno no puede estar nunca seguro de lo que es real o imaginario, y quizá incluso el pasado no sea más que un recuerdo inventado.

   La mayor parte de los personajes de Maps to the Stars conviven con la presencia de fantasmas. Havana Segrand (Julianne Moore) recibe la visita del joven espíritu de su madre, una legendaria actriz fallecida muchos años atrás. Havana sueña con interpretar el papel que convirtió a su madre en una estrella en el remake del clásico “Aguas robadas”. El actor infantil Benjie Weiss (Evan Bird), estrella de la franquicia Bad Babysitter, se verá acechado por el fantasma de una niña, enferma terminal, a la que visitó en el hospital a modo de artimaña publicitaria. Mientras tanto, una misteriosa joven llamada Ágatha (Mia Wasikowska), que cubre casi por completo su cuerpo recorrido por viejas quemaduras, vuelve a Hollywood tras abandonar el hospital psiquiátrico en el que estaba internada. Su presencia se convertirá en una aparición fantasmal para quienes creían haberla apartado de sus vidas, entre ellos algunos de sus familiares más cercanos. Por supuesto, todas esos personajes cruzarán sus trayectorias en más de una ocasión, creando un tapiz de relaciones de consecuencias verdaderamente imprevisibles.

    Maps to the Stars
parece la versión recortada de una interminable serie de sobremesa, un culebrón repleto de interiores lujosos, retorcidos conflictos familiares, vestuario glamouroso y revelaciones dramáticas. La película avanza sin dar demasiada importancia a nada de eso, como si los giros argumentales que se suceden a cada escena fueran simplemente elementos de la vulgaridad cotidiana, a los que nadie da demasiada importancia. Los actores interpretan con discreta corrección cada revelación de incesto, cada acto de piromanía, cada estallido de violencia inesperada, como si no fueran algo con lo que se enfrentaran todos los días. La puesta en escena es discreta, casi convencional. David Cronemberg se ha ganado una fama de cineasta inquietante no solamente gracias a su predilección por los temas más perturbadores, sino por su mirada fría y alejada, que convierte los elementos más atroces en algo perfectamente cotidiano. Su cine se parece en ese sentido a la pintura de Magritte, en la que la sencillez del trazo amplifica la sensación de extrañeza que nos provocan sus figuras. La sencillez expresiva le sirve a Cronemberg para efectuar continuos cambios de tono, algo en lo que es sin duda un maestro. Durante todo su metraje, Maps to the Stars navega por una atmósfera de incertidumbre, en la que lo que al principio parece una sátira divertida puede convertirse en un melodrama, y el terror o el surrealismo pueden aparecer en cualquier momento.


Evan Bird es la estrella infantil Benjie Weiss
    Es evidente que Maps to the Stars no aspira a reflejar de manera precisa el microcosmos social de Hollywood. No es una sátira, ni una crítica de la cultura del la imagen o del éxito. Es una exploración de los riesgos de vivir en un mundo dominado por la imaginación. Maps to the Stars se desarrolla en un lugar habitado por seres que aspiran a formar parte de las fantasías privadas y colectivas, pero como si la imaginación se tomara su venganza sobre la materia, deberán enfrentarse al hecho de que cada momento de sus vidas y cada centímetro de sus cuerpos se verá medido y tasado, reducido únicamente a sus aspectos cuantificables. No es de extrañar entonces, que la fantasía se apodere de los momentos más cotidianos, se introduzca en sus rutinas diarias, incluso provoque alteraciones en sus cuerpos a través de quemaduras, ahogamientos, hemorragias, golpes y diversos actos de agresión. Como el resto de la filmografía de David Cronemberg, Maps to the Stars es una fantasmagoría acerca del eterno conflicto entre la mente y el cuerpo. 

   

viernes, 13 de marzo de 2015

Banda Sonora: Puro vicio (Inherent Vice) de Jonny Greenwood








      La aparición de Jonny Greenwood es lo más relevante que ha ocurrido en  el panorama de la banda sonora  cinematográfica de los últimos años. Greenwood, guitarrista del grupo de rock Radiohead, irrumpió en el mundo del cine en 2008 con la música de Pozos de ambición (There Will Be Blood), una composición sombría y ominosa que  dominaba las imágenes de la película de Paul Thomas Anderson como un cielo que sugiere premoniciones  de tormenta. En esa película, y en The Master, su siguiente colaboración con Anderson, la música de Greenwood estaba sometida a la influencia de Krzysztof Penderecki, un compositor modernista polaco al que Greenwood profesa la misma devoción que muchos de sus fans profesan a Radiohead. (Puede que no te suene el nombre de Penderecki, pero seguro que has escuchado su música en bandas sonoras de películas como El exorcista y El resplandor) Pero la tercera colaboración de Anderson y Greenwood requería un cambio de estilo. Puro vicio (insultante título español, muchas gracias, Warner), adaptación de la novela de Thomas Pynchon titulada en España Vicio propio, necesitaba, en palabras del director, “La atmósfera ligeramente siniestra de una banda sonora orquestal de una de las viejas películas de Warner Brothers”. Clásica, envolvente, romántica y suntuosa. Así es la composición de Greenwood para Puro vicio, una banda sonora que parece extraída de un melodrama noir de lo años cuarenta.



    Lo que es curioso, porque la película se desarrolla en los años setenta, es más, la época y el lugar (la california del fin de la cultura hippie) son sus verdaderos protagonistas. Es una película de patillas pobladas, amplias solapas, aroma a marihuana: una exploración quizá un poco exagerada de la cultura playera en la que surferos, saxofonistas y sacerdotisas de algún culto espiritual apuran los últimos vientos de los años sesenta entre ráfagas de paranoia. El personaje principal  es “Doc” Sportello, un detective privado aficionado a la marihuana y con una actitud, en general relajada. “Doc” recibe la visita de una de sus exnovias, quien le encarga investigar la desaparición de su actual pareja, un oscuro promotor inmobiliario. El hilo de la investigación conducirá a “Doc”, como no,  a una incomprensible conspiración en la que está implicada una siniestra organización clandestina de dentistas, varios cárteles de la droga y personajes que se mueven en un estado incierto entre la vida y la muerte. Es una rememoración distorsionada de una época desaparecida, y musicalmente, una versión distorsionada de los años setenta es lo que podemos encontrar en el tema de Can “Vitamin C”: un ritmo funky y psicodélico extrañamente bailable con una intrigante letra gritada en un inglés fuertemente acentuado. “Hey you! You’re losing, you’re losing, you’re losing, you’re losing your vitamin C!” “No tengo ni idea de lo que dice la letra de Vitamin C” Dice Anderson- “Pero me parece ideal. Las dos cosas más importantes de esa canción son el ritmo y la paranoia. ¡Vaya combinación!”.


Otras canciones acompañan a “Vitamin C” en su objetivo de evocar una época: el country nostálgico de Neil Young en “Journey Through the Past”, el exotismo tropical de Lex Baker en “Simba”, el soul de la versión de “Any Day Now” interpretada por Chuck Jackson. Muchas de esas canciones no son representativas de los años setenta, dado que fueron éxitos en temporadas anteriores, pero contribuyen igualmente al espíritu del momento. “Esa variedad partió de Pynchon. – Explica AndersonSi dependiera solamente de mi, hubiera metido un montón de canciones de lo 70. Pero si piensas en la época en la que se desarrolla la película, la radio está poniendo una gran variedad de música, más allá de los éxitos de la época. Trabajar a partir del libro me permitió partir de un lugar desde el que no iba a tratar de replicar la época de una manera tan obvia. Y luego está el sonido de las canciones. La canción de The Cascades “Rythmn of the Rain” tiene realmente un sonido genial. Me encanta ese instrumento tintineante que suena como un cruce entre un vibráfono y un xilófono de una banda de marchas. Es simplemente un sonido genial. Y creo que las canciones hacen la película más sentimental, en un buen sentido. Hay verdadera dulzura en ellas.”


Puro vicio es la primera adaptación al cine de una obra de Pynchon, famoso por su carácter huraño y por los intrincados laberintos de sus tramas. Vicio propio es su novela más accesible, lo que facilita la tarea de adaptación. Aunque Anderson no renuncia a la densidad de la trama, tiene más difícil incorporar el otro aspecto más característico del autor: su elaborado estilo literario, compuesto por frases largas y sonoras que hacen piruetas por el alambre antes de llegar a lugares inesperados. La solución que ha encontrado el director es introducir la figura de una narradora, interpretada por la arpista indie e insospechado icono de moda Joanna Newsom, con el fin de recitar fragmentos de la narración  de Pynchon.  Para la banda sonora, Greenwood ha decidido combinar la voz de Newsom con un viejo tema de Radiohead que la banda nunca llegó a grabar, Spooks. Greenwood ha adaptado este temas para la ocasión con una versión protagonizada por un sonido de guitarra tranquilo y relajante.

lunes, 9 de marzo de 2015

Fuerza mayor

T.O: TURIST
DIR: RUBEN
ÖSTLUND
INT: JOHANNES BAH KUHNKE,
LISA LOVEN KONGSLI
SUECIA, 2014, 120'














 
Un nuevo episodio en la larga historia de la crisis de la masculinidad. Esta vez, se desarrolla en una estación de esquí en alguna parte de los Alpes franceses. Los protagonistas son una familia sueca: un matrimonio joven y sus dos hijos pequeños y rubios. Se alojan en un hotel de lujo, un entorno de superficies limpias y brillantes iluminado por una luz fluorescente blanquecina y difusa. Sonríen, aunque no demasiado. Desde cierta distancia parecen razonablemente felices, aunque no muy efusivos, a su estilo nórdico. Desde cierta distancia, porque el director Ruben Östlund no se acerca demasiado a sus personajes, no lo suficiente, por lo menos,  para que se nos revele su personalidad de manera distintiva. Contemplados de esa manera, como figuras diminutas serpenteando en sus esquís por el paisaje nevado, figuras que intercambian gestos y frases cotidianas en encuadres fijos y amplios, Tomas (Johannes Bah Kuhnke) y Ebba (Lisa Loven Kongsli) son simplemente el hombre y la mujer. Y todo les parece ir razonablemente bien


    Hasta que un incidente pone a prueba la fortaleza del vínculo familiar. La familia almuerza en una pintoresca terraza con impresionantes vistas a las cumbres nevadas cuando se desencadena una avalancha: Tomas confía en que todo esté controlado y se dedica a grabar con su iPhone, pero la avalancha no parece detenerse y amenaza con llevarse por delante la terraza. Entonces, Tomas sale corriendo de manera poco digna, dejando a su suerte al resto de su familia. La pantalla se cubre de polvo de nieve en unos segundos inciertos; cuando todo se disipa y vuelve la calma, queda claro que no ha sido más que un susto. Tomas vuelve a la mesa tratando de bromear sobre lo sucedido, pero tras su comportamiento la condición de paterfamilias ha quedado en entredicho: una profunda grieta parece haberse abierto en su masculinidad.

    A partir de aquí, la película deriva hacia la exploración de un trauma familiar, en el que Tomas se enfrenta al reconocimiento de su indignidad y Ebba a la posibilidad de la comprensión y el perdón. Östlund, a modo de contrapunto, alterna las evoluciones de sus personajes con una serie de momentos en los que se muestra el funcionamiento de la estación de esquí: los cañones que detonan las avalanchas para que siempre haya suficiente nieve en las pistas, los vehículos que aplanan la nieve, el intrincado mecanismo del telesilla. Son visiones de un paisaje majestuoso controlado, domado por la mano del hombre. Parece como si el fin último de la experiencia vacacional fuera eso mismo: sumergirse en un paisaje de escala desbordante en el que la insignificancia humana parece absoluta para luego afirmar el dominio sobre esa naturaleza mediante la tecnología y la experiencia. Aunque la familia protagonista descubrirá que ese dominio sobre la naturaleza quizá resulte más precario delo que parece.