Alexandre Desplat se está posicionando el compositor más importante dentro de la escena Holliwoodiense del momento. Desplat encarna al músico de formación clásica capaz de adaptar su estilo a las necesidades de la película o del director, una figura que parece estar en declive por la cada vez más masiva incorporación de músicos del ámbito pop o rock al campo de la banda sonora. Tras comenzar su carrera en Francia, debutó en el cine anglosajón con La chica de la perla, y desde entonces no ha parado ni un momento. La primera vez que se hizo notar fue con Reencarnación, un vehículo de Nicole Kidman poco memorable excepto por su audaz empleo de la música. Como los grandes nombres del cine clásico, el francés es enormemente prolífico; muchos de los títulos más célebres de los últimos tiempos llevan su firma: La reina, El curioso caso de Benjamin Button, El discurso del rey, Harry Potter y las reliquias de la muerte, La noche más oscura, Argo… Desplat trabaja tanto que ahora mismo hay en Madrid tres películas en cartel que llevan su música, a saber: The Monuments Men, de George Clooney; Philomena, de Stepehen Frears; y La venus de las pieles, de Roman Polanski. Serán cuatro cuando el próximo viernes se estrene El gran hotel Budapest.
La colaboración entre Desplat y el director Wes Anderson es particularmente simbiótica: las ficciones coloristas y dinámicas del director norteamericano se adaptan perfectamente al timbre juguetón que tanto gusta al compositor francés. “En El fantástico Mr Fox al principio se habló de usar una orquesta sinfónica.- Dice Desplat- Yo dije: No, no deberíamos. ¿Has creado pequeñas marionetas y vamos a usar una orquesta sinfónica? Sería ridículo. Así que sugerí que tuviéramos una orquesta en miniatura. ¿Las cuerdas? Uno de cada: un contrabajo, un chelo, como si fuera un quinteto de cuerdas. ¿Los metales? Solo uno de cada ¿Y los demás instrumentos? Instrumentos pequeños, o de juguete: mandolinas, banjos, glockenspiel. Todo debería ser pequeño. Ukelele. Piccolo. La banda Sonora pertenecía al mundo del film”
El gran hotel Budapest es un reto completamente diferente: se desarrolla en una Europa central imaginaria, una fantasía del periodo de entreguerras en el que perviven los restos del imperio austrohúngaro mientras emergen los dos totalitarismos del siglo XX: el nazismo y el comunismo soviético. Por tanto, requería una sonoridad distinta, y muy específica: “La idea consistía en capturar el sonido de una Europa central imaginaria. Para nosotros, ese sonido comprende desde la trompa alpina de Suiza, Austria o Bavaria; hasta los címbalos o el zantur de Turquía, y todo lo que hay entre medias. Esta tierra llena de instrumentos y ritmos. Intentamos apretujarlo todo en una bola, una bola que pudiéramos hacer rodar en la película. Ese el sonido del Hotel Budapest” Pero si hay un instrumento que domina la banda sonora es la Balalaika. El supervisor musical Randall Poster, que fue el encargado de investigar una gran cantidad de fuentes originales, lo señala de esta manera: “La balalaika fue realmente la fuerza primaría de la grabación. Llevamos unos 25 intérpretes rusos de balalaika a París y los combinamos con unos veinte intérpretes franceses de balalaika y logramos una especie de supergrupo de balalaikas. Fue muy interesante. Teníamos dos traductores en el pedestal con el director, para fusionar estas dos culturas unidas por un instrumento de cuerda. Y después, para lograr cierto ‘espíritu gitano’, introducimos un instrumento llamado la címbala, que es una especie de salterio, y que terminó siendo una voz principal de la película. La banda sonora es una colección de sonidos folclóricos filtrados a través de la música de Alexandre Desplat”
Ese supergrupo de balalaikas destaca especialmente en Mr Mustafá, que es una de las melodías preferidas de su compositor “por la combinación de la melodía y la instrumentación. El hecho de que tengas una banda de Balalaicas tocando una melodía suena tan diferente a la misma melodía en un piano… Eso es algo que disfruto mucho en el cine, y trato de pensar siempre en la manera de combinar instrumentos para crear el sonido específico del tema en que estoy trabajando”
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miércoles, 6 de agosto de 2014
sábado, 29 de marzo de 2014
El gran hotel Budapest
Publicada el 8:29por Alejandro Gaspar
T.O: THE GRAND BUDAPEST HOTEL
DIR: WES ANDERSON
INT: RALPH FIENNES, TONY REVOLORI.
EEUU, 2014, 100'
Zubrowka, la república imaginaria de Centroeuropa en la que se asienta El gran hotel Budapest, forma parte de una amplia tradición de países ficticios inspirados en la decadencia del imperio austrohúngaro. Ruritania, nación creada por Anthony Hope para su novela de aventuras El prisionero de Zenda es quizá la más famosa; en esta geografía imaginaria comparte fronteras con Bandrika, la “esquina por descubrir de Europa” en la que los personajes de Alarma en el expreso (1938), de Alfred Hitchcock, se veían implicados en una intriga internacional de entreguerras. También con Libertonia, la nación arruinada que necesitaba del liderazgo de Groucho Marx en Sopa de Ganso (1933) para recuperar su desvanecido esplendor. En El cetro de Ottokar, el intrépido reportero Tintín recaló en Borduria, pequeño estado de los Balcanes amenazado por la cercana Syldavia. Estos enclaves eran propicios a la farsa nostálgica y exótica, con huellas de opereta y distantes tambores de guerra. El antiguo imperio de los Habsburgo provocaba la curiosidad y la fascinación: había sido un conglomerado de diferentes nacionalidades, etnias, religiones y lenguajes cuyo único vínculo común era su condición de súbditos del emperador. Su sociedad era una jerarquía teatralizada en la que el protocolo y el aparato eran el elemento cohesionador necesario para unir una población que ni siquiera podía recurrir a un lenguaje común para comunicarse. Cuando todo se vino abajo durante la primera guerra mundial, Europa central se convirtió en un territorio turbulento y agitado, en el que convivían los restos del antiguo imperio y el ascenso de los modernos regímenes totalitarios.
Es decir, un escenario perfecto para una película de Wes Anderson. El director estadounidense ha ido perfeccionando película a película un estilo elaborado y artificial, de composiciones perfectas, calculado timing cómico y personajes idiosincráticos que acostumbran a vestir de manera característica. Anderson descubrió esa etapa de la historia gracias a la lectura de El mundo de ayer, las melancólicas memorias que Stefan Zweig escribió como panegírico de la Europa en la que había crecido. Probablemente, el director también visualizó ese mundo a través de las reconstrucciones en estudio hechas en Hollywood o en Londres en los años treinta, normalmente con la participación de inmigrantes centroeuropeos. El imperio austrohúngaro, aún en su apogeo, transmitía un aire a mundo atrezo y guardarropía, por lo que se adaptaba perfectamente a un decorado cinematográfico poblado de actores secundarios implicados en alguna intriga enrevesada, que a menudo se desarrollaba en compartimentos de trenes, funiculares y grandes hoteles con ínfulas aristocráticas como el que Anderson ha reconstruido para su película.
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| Como en todas las películas de Anderson, todo comienza cuando alguien abre un libro |
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| El conserje (Ralph Fiennes) y su mozo portería (Tony Revolori) |
El estilo artificial y cerrado de Anderson, con su debilidad por las composiciones frontales y simétricas, es idóneo para evocar las comedias de estudio de los años 30; el cineasta apoya esa resonancia eligiendo el clásico formato de pantalla cuadrada para las partes de la película que se desarrollan en los años treinta. El formato obliga a Anderson a componer en profundidad, el director aprovecha todas sus posibilidades cómicas. La nostalgia por los recursos cinematográficos de antaño no termina ahí: la película emplea maquetas y fondos pintados, que combinan estupendamente con la decoración de los pasillos y las habitaciones del hotel. La manera en que los personajes se colocan en el encuadre, como si posaran para un retrato en grupo o fueran conscientes del efecto de su conjunto, resulta completamente artificial y al mismo tiempo apropiada para reflejar escrupulosa meticulosidad de las maneras de sus personajes, siempre tan pendientes del efecto de su presencia. Parece que Wes Anderson ha encontrado un momento, un lugar y unos personajes para los que su elaborado estilo resultase casi natural, como una segunda piel.
La composición en profundidad, empleada en todo su efecto cómico
Inesperados estallidos de violencia grotesca (dedos cercenados por una puerta, una sucia lucha a cuchillo) nos recuerdan que la delicadeza y el equilibrio de ese mundo es un asunto superficial: por debajo fluyen imparables corrientes de violencia. Las películas de Anderson siempre dejan tras de sí un poso de melancolía: en este caso, nos encontramos desde el principio ante una tragedia. Mientras la farsa se dirige frenéticamente hacia el final feliz, sabemos que los personajes están condenados. El doble marco temporal que rodea la acción principal incide en la inevitabilidad de los acontecimientos: estamos escuchando una historia dentro de una historia dentro de otra historia, y cuando todo comienza, todo ha terminado ya. La Historia, con mayúsculas, representa aquí el rol del Destino, como suele ocurrir cada vez que alguna farsa tiene lugar en la Europa de entreguerras. Esa presencia se articula gracias al sofisticado sistema de capas narrativas en el que las tramas aparecen y desaparecen. Un enorme titular que anuncia la posibilidad de la guerra no recibe la atención de los personajes, que se concentran las menciones de su intriga que aparecen en la letra pequeña. El inicio de un amor juvenil queda oscurecido porque su evocación, muchos años después, trae recuerdos trágicos. Como simples ciudadanos de una época despiadada, estas criaturas sienten el peso de la historia como un desagradable ruido de fondo mientras ocupan sus pensamientos en los asuntos menos importantes que llenas sus vidas.
El gran hotel Budapest se asemeja a un courtesan au chocolat, el dulce de elaboración increíblemente complicada (treinta pasos, cuarenta ingredientes) que juega un papel bastante importante en la trama. Como esta especialidad de la repostería Mendl’s (que es obligatorio probar si uno se pasa algún día por Zubrowka), esta película es un dulce que uno devora sin darse cuenta, y que deja en el recuerdo el sabor a la nostalgia por los tiempos perdidos.
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